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Tacoronte Acentejo

 
Legibilidad, sencillez y proporciones armónicas facilitan la comunicación

En pocos segundos el vino se la juega en el lineal del supermercado. El consumidor no dedica mucho tiempo a “estudiar” las etiquetas. O bien ya sabe lo que quiere y busca la marca que tiene memorizada o decide en poco tiempo cuál llevarse sin que pueda probar el producto en sí. Por lo tanto, es la presentación: botella + etiquetado + cápsula lo único que le puede comunicar algo sobre cómo será este vino Y en este conjunto la etiqueta es el pilar fundamental. Desde el “¡Qué bonito! – Me lo llevo” hasta “Tiene pinta de ser un vino malo” cabe de todo y no son pocos los que compran vinos por primera vez por “la pinta” que tienen. Hay etiquetas que funcionan y otras que no.

¿Qué hace que una etiqueta funcione? Induce al consumidor a la compra. Lo que nos hace llevar esta botella -y no la otra- tiene más relación con la curiosidad que despierta el diseño de la etiqueta en nosotros. Esto es mucho más importante que la información que por ley debe figurar en la etiqueta: el origen, el embotellador, el volumen del envase, el grado alcohólico, el lote, etc.

La estética de la etiqueta se debe apreciar en poco tiempo, la legibilidad de la marca debe aguantar distancias superiores a los 50 centímetros, debe convivir con iluminaciones muy diversas (peligro de reflejos en letras doradas, etc.), el estilo elegido comunica el tipo de vino que es, los colores deben compatibilizarse con los del vino y de la botella, y un largo etc. No es posible emitir una receta sobre cómo ha de ser una etiqueta que funcione, pero sí es posible indicar algunos errores (no tan infrecuentes) que la convierten en un lastre.

Si en las tiendas las botellas forman hileras de metros y metros de vinos distintos, es necesario destacar de alguna forma a primera vista. Como se sabe del arte de ligar, llamar la atención no es necesariamente algo limitado a la elegancia y el atrevimiento juega un papel importante. Ya luego se matizará el mensaje convenientemente, pero el baile se inicia con un “aquí estoy yo”. Por lo tanto, un error garrafal es una etiqueta aburrida que deja a todo el mundo indiferente, una más de tantas.

Otro de los problemas habituales es la incongruencia del diseño. Mezclas de tipos de letra incompatibles, proporciones desequilibradas que rompen sin querer la regla de la proporción aurea, colores y contrastes que reducen la legibilidad y sobrecargar la etiqueta de adornos, son algunos ejemplos de lo que puede pasar. Y claro, también puede haber etiquetas muy bonitas que luego no son respaldadas por el vino; bien porque la etiqueta promete solera y recorrido temporal (mientras que el vino es un joven peleón), bien porque toda la frescura moderna que emite la etiqueta se convierte en el roble de siempre. Así que el diseñador debería probar el vino, cosa que no siempre ocurre.

Comments

  • Bueno, yo soy de los que piensa, que a inversión que hace el bodeguero en diseño, va en función del valor del vino, cuanto mas valga el vino y mas margen te deje, mejor diseño puedes hacer. Eso si, o solo es cuestión de etiqueta, fijarse en la capsula, la botella, y la contra etiqueta. añade datos.
    Si alguien invierte en todo eso, seguramente también a invertido tiempo en desarrollar el vino. (Bueno normalmente, siempre hay sorpresas)

    06/05/2013

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