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Importancia ecológica y paisajística

 

La afirmación de que la vid es un cultivo que no tiene sustituto está siendo muy discutida en los últimos tiempos, sobre todo a raíz de la puesta en marcha de la política de arranque de viñedos considerada por los expertos en políticas agrícolas como una medida eficaz para combatir los excedentes de vino que tenemos en Europa y especialmente en España.

 

 

Es cierto que en Canarias, por ahora, no existe un problema tan grave de excedentes como en la Península, porque la reducida producción no abastece ni siquiera la mitad del consumo regional.

 

Si consideramos la posibilidad de una diversificación agrícola que no sea vitícola, es necesario tener en cuenta que esos cultivos alternativos deben poder adaptarse a suelos con fuertes pendientes, difícilmente laborables, de aporte de agua reducido y escasas o nulas condiciones para aplicar el riego. Asimismo, debe considerarse que existen numerosas diferencias estructurales e institucionales entre el sistema de producción vitícola y los demás sistemas de producción. No se trata de dejar tierras libres de viña para plantar algo diferente, pues sólo un número reducido de explotaciones reúne verdaderamente las condiciones necesarias para establecer otro cultivo.

 

De todos son conocidas las aptitudes naturales de la vid para adaptarse al medio y su resistencia ante la falta de agua. Tanto en las islas orientales, como Lanzarote y Gran Canaria -donde el régimen hídrico es muy deficiente-, como en las más occidentales -donde lo accidentado de su relieve no permite un cultivo de tipo estacional por el difícil acceso a las parcelas en las que se hace del todo impensable la introducción de maquinaria agrícola-, únicamente el viñedo parece capaz de desempeñar la función de elemento sostén de los ecosistemas de medianías de fuertes pendientes, manteniendo el suelo y evitando su erosión y desertización.

 

No podemos olvidar que nos encontramos ante una región que ofrece, por su situación geográfica, unas características muy particulares que han condicionado la evolución del cultivo de la vid:

 

-Por una parte, es un archipiélago de origen volcánico, con suelos en general bastante fértiles y muy variados según su estado de evolución con respecto al período geológico de su formación. Cada una de las islas presenta, dependiendo de la orientación y de la altitud, una gran diversidad de microclimas, todos ellos condicionados por la influencia de los vientos alisios procedentes del noroeste y noreste y por la corriente fría de Canarias, que suavizan las temperaturas y cargan el aire de humedad.

 

 

-Por la otra, suelos y microclimas variados en reducida superficie han derivado en la formación de múltiples sistemas de cultivo en cada una de las comarcas y en una gran riqueza varietal. Este rico patrimonio en variedades se ha podido mantener gracias al intercambio de material vegetal realizado con otras áreas del mundo desde tiempos muy remotos y a la ausencia de la «filoxera», plaga que atacó el continente europeo a finales del siglo XIX, destruyendo varios millones de hectáreas de viñedo y ocasionando la desaparición de muchas variedades de vid cultivadas hasta entonces. Este hecho explica que la forma tradicional de propagación de la vid en Canarias sea por estaca, cultivándose sobre sus propias raíces y aportando las ventajas que lleva consigo tanto a nivel fisiológico como enológico.

 

Teniendo en cuenta las consideraciones anteriores, no se puede hablar de viticultura en Canarias como si de un cultivo normal se tratara, analizando y valorando solamente aspectos de rentabilidad económica, porque desde el punto de vista ecológico su valor es alto. Como sabemos, las Islas tienen su principal fuente de ingresos en el turismo, que acude en masa tanto por la bondad de sus climas como por la belleza de su paisaje. Éste se ha visto seriamente deteriorado en los últimos años, siendo preciso preservarlo. Hacia este punto se dirigen las nuevas tendencias de las políticas agrícolas. Así, la actual Política Agrícola Común centra sus objetivos en los criterios de conservación del medio ambiente y en criterios de extensificación que imponen una reducción de los rendimientos por hectárea.

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